tengo miedo, torero


Aún recuerdo la tarde en que William estuvo en mi peluquería cortándose el pelo. Después de casi un año trabajando para la firma Chrisler en Sotogrande había pedido, sorprendentemente para sus amigos, el traslado de vuelta a Londres. A nadie quiso explicarle en ese momento las razones de su precipitada marcha, pero yo sí que fui testigo de un episodio que me permitió conocer de primera mano la verdadera historia de Willy y las razones de su huida de España.

Sobre el peinador había depositada una revista del corazón que la anterior clienta había estado ojeando mientras le hacía la permanente. Willy se sentó y nada más darme las indicaciones pertinentes de su cambio de look cogió la revista y se quedó de piedra mientras miraba atónito la portada del semanario.

“FRAN RIVERA se reconcilia con Eugenia Martínez de Irujo”

Me percaté de su repentino cambio de semblante y no pude evitar interrogarlo al respecto. William se mostró reacio a hablar al respecto, pero finalmente optó por desahogarse conmigo para quitarse la tensión que se había apoderado de su cuerpo en tan sólo un segundo.

El día que conocí al torero fue el día más feliz y más trágico de mi vida. Ya sé que parece algo fuera de lógica, pero es una contradicción comprensible, si tenemos en cuenta que esta bonita historia de amor y sexo ha tenido una muy temprana y drástica fecha de caducidad. Por aquella época, Fran seguía casado con una chica rubia y algo lela de la nobleza sevillana con la que había tenido una niña. Aunque no me creas y te entiendo, no tenía ni pajolera idea de que mi Fran, aquel galante y moreno chico de la barra de un bar del club de Polo de Sotogrande, que me cautivó con aquella mirada algo infantil y provocativa, era un famoso torero del panorama social español.

Acababa de llegar a España de mi Inglaterra natal para trabajar como asesor de una firma de coches bastante famosa que acababa de abrir una sucursal aquí en Sotogrande y había organizado un torneo de polo a modo de inauguración en el que estaban invitados personajes muy importantes y de gran renombre en el panorama político, económico y sensacionalista, que atrajo consigo un gran despliegue mediático de prensa tanto nacional como internacional. En principio creí que Fran estaba entre los invitados. Era la primera vez que lo veía por esta zona y me llamó la atención que a pesar de la prensa que había allí congregada y de lo conocido que resultó ser mi galán, nadie le prestase atención, mientras tomaba una copa con un amigo en la barra del club. También es verdad que el torero llegó en la segunda parte del acto cuando la gala estaba ya bien encaminada y los medios se habían retirado.

Aquella noche hice de relaciones pública entre tanto fantoche, ya que por mi labor y mi desconocimiento de la sociedad española, los directivos de la firma me presentaron a todos los personajes que yo debía considerar como imprescindibles para que estuviesen omnipresentes en mi agenda laboral. Fran no estaba entre ellos y por ello deduje que no estaba invitado a aquella fiesta y su presencia en el bar se debía a que en aquellos momentos él se encontraba de veraneo o escapada en Sotogrande con un amigo y se hospedaba en el club.

Desde el primer instante en el que lo vi no pude evitar mirarlo desde mi estratégica posición central en el jardín del club. Desde allí no me perdía ningún detalle de los movimientos de mi apuesto caballero ni de su amigo, y parecía que él tampoco perdía detalle de lo que yo hacía. Creo recordar que hablaba con un embajador de no sé que país latinoamericano, pero no debía prestarle mucha atención, porque a los tres minutos justos de tiempo ya intercambiaba miradas cómplices con mi conquista, que se había quedado sólo por unos instantes de la compañía de su amigo. Alguien volvió a llamar mi atención para saludarme y cuando logré deshacerme de él con cierto toque de elegancia y buenos modales, mi chico y su amigo habían desaparecido. Hasta allí parecía haber llegado mi sueño. Aquel moreno de piel aceitunada y ojos grandes se había marchado. Ya no volvería a deleitarme con su pequeño, pero bien formado cuerpo de deportista, ni con el brillo y los guiños pícaros de sus miradas.

Cuando ya me estaba despidiendo de los invitados más notables para retirarme a casa, alguien me sujetó por el hombre y volvió mi mirada hacia su persona. Sorprendentemente era el chico de la barra, que a escasos metros clavaba en mi su amplia sonrisa.

- Creo que nos conocemos - dijo con un acento mitad andaluz mitad madrileño, que me recordaba a la familia española de mi madre - Por lo menos es lo que me ha parecido cuando me mirabas hace un rato.

- Tú tampoco te has quedado corto - le añadí como defensa - No has parado de sonreírme ni un solo momento.

Para confirmar mis declaraciones sonrió tímidamente, intentando ocultar sus ojos, clavando la mirada en el césped.

- Mi amigo se ha ido a dormir – prosiguió - Si quieres, podemos tomar algo fuera de aquí. ¿Te apetece?

Por supuesto, me apeteció y salí con aquel galán hacia el infinito y más allá. Se presentó, sinceramente, como Fran, pero en ningún momento hice alusión a su profesión de torero. No hablamos de trabajo. No hizo falta, ya que se pasó toda la noche adulando mis claros ojos azules y mi look anglosajón. Parecía divertirle mi acento mitad español y mitad inglés, ya que no paró de reírse en toda la noche. Tras tomarnos varios cubatas y hablar de las vanalidades de la vida, salimos a dar una vuelta en su coche. Su móvil parecía estar bastante solicitado, pero Fran no le hizo caso en ninguno de los intentos, hasta que se cansó de las interrupciones y lo desconectó. Ese fue el momento en el que desembarcamos en un paraje natural y bastante tranquilo lleno de pinos que tenía vistas al mar. Allí, el torero apagó el motor y volviéndose hacia mí me acarició la cara y susurró con un tono bastante sensual:

- Eres un tío muy atractivo, ¿lo sabes?

Creo que me puse bastante rojo y ni me atreví a mirarlo a la cara, pero él prosiguió con su intento de acoso y derribo, desplazando la mano a mi muslo que respingó de la impresión. Mientras me masajeaba la cacha se acercó a mi boca y me dio un tímido beso que se fue verdeando a media que la pasión iba en incremento entre nosotros. Una pasión que se culminó en la parte de atrás de su coche, mientras Fran, con la camisa a medio desabrochar y los pantalones vaqueros por la rodilla metía su morena estocada con garbo y frenesí en mi culo. Me follaba como si fuera el último polvo del mundo, mientras no paraba de proferir gemidos y expresiones varias, la mayoría de ellas ininteligibles para mis oídos. La verdad es que fue un polvo increíble. Aún recuerdo el olor a perfume caro de su gran miembro cuando le bajé los boxer negros de Calvin Klein y comencé a lamer la cabeza de su descubierta polla. Recuerdo que su cuerpo, fibrado y duro como una tabla de surf, tenía bastantes cicatrices, más de las normales en cualquier cuerpo de un hombre cualquiera, pero no le hice mucho caso ni lo asocié con la que sería su profesión. Lo único que me importaba era que aquel hombre me estaba echando el polvo del siglo y lo hacía de la forma más tierna posible. Una ternura que se evaporó cuando Fran descargó todo su ímpetu torero sobre la cacha de mi culo mientras se retorcía en el asiento trasero de un BMV con sucesivos y continuados espasmos. Como último detalle y para que lo acompañase en aquel momento eyaculatorio cogió mi excitada polla y comenzó a agitarla mientras de vez en cuando le soltaba algún que otro lametazo. No tardó mucho en su empeño, porque pronto mi miembro descargó provisiones sobre sus varoniles manos morenas que se trasladaron hacia su boca donde fran probó mi líquido seminal.

Fran me llevó a casa, donde se despidió de mí, pidiéndome mi número de teléfono. Se lo di, sin dudarlo. No estaba dispuesto a que aquella noche se quedase en el monumento de los recuerdos. Le pedí el suyo, pero se excusó con la poco creíble excusa de que no usaba teléfono móvil porque no le gustaba que lo controlasen. Quedó en llamarme. Me dijo que temía que hacer un viaje relámpago a Madrid pero que para el fin de semana bajaría de nuevo a Sotogrande y me llamaría. No lo hizo más. No sé si bajó o no, pero no me avisó.

A los meses de ese genial encuentro, cuando el invierno acababa de hacer su acto de presencia, recibí una llamada desde su teléfono móvil. No era él. Era una mujer que parecía bastante enfadada y que no paraba de proferir insultos hacia mi persona. Sólo logré entender:

- Deja en paz a mi marido, pedazo de maricón. Olvídate de él porque no lo vas a volver a ver en tu puñetera vida.

A esta llamada le siguieron otras tantas de hombres anónimos y diferentes que me amenazaban con hacerme desaparecer del planeta si contaba a alguien mi relación con Fran. No lograba entender nada y así se lo hice a saber a los amenazantes, que no me daban tregua para el diálogo, porque enseguida cortaban la comunicación. Esta situación que ha seguido hasta hace poco me ha hecho recapacitar y decidir salir de aquí. Tengo miedo y no quiero que mi vida corra peligro por haber echado el mejor polvo de mi vida con un tío que resulta que es un afamado torero español y, además, casado. Esto lo supe, cuando me llegó a casa por correo anónimo una revista en la que, como esta que hoy he visto aquí, se veía a mi apuesto galán en actitud mas que cariñosa con otra chica. Igual que hace un rato, mi cuerpo se quedó frío al descubrirlo y fue la gota que ha colmado este vaso y me ha animado a seguir adelante lejos de Sotogrande. No quiero saber nada de él ni del entorno que tanto me desagrada. Sólo quiero recordar su nombre a través de los fotogramas de una noche de pasión y sexo en el asiento trasero de un coche.

Como prometió, Willy se marchó a Londres. Su historia me dejó conmocionada, ya que nunca pude imaginar que el torero de mas sexappeal entre las mujeres cojease del pie que parecía cojear. Nada se ha sabido de esta historia ni nadie se ha atrevido a pronunciarse al respecto. Sólo puedo atestiguar que hace poco lo volví a ver por esta zona de vacaciones acompañado de un apuesto joven de latinas facciones, mientras paseaban bastante acaramelados y juguetones por una zona de la movida gaditana. Cada vez que recuerdo esa imagen, me acuerdo de mi amigo William y de la historia que no pudo ser.


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