furor inglés en
un vestuario madrileño



El olor a macho de aquel vestuario me hacía hervir la sangre cada vez que entraba para cualquier trabajo de mantenimiento que me encargara mi padre, jefe de obras del estadio Santiago Bernabeu. Parecía increíble que los super hombres que allí se cambiaban y que tanto presumían de modelitos y metrosexualidad oliesen en la intimidad como cualquier señor de su casa después de una dura jornada de trabajo. Debido a mis malos resultados académicos ya mis pocas ganas de hincar los codos, mi padre me instó para que me fuese a trabajar con él al estadio, realizando cualquier tipo de trabajo de arreglo y mantenimiento de las instalaciones deportivas. Él llevaba trabajando allí toda su vida y desde siempre nos había inculcado la pasión por el fútbol y el RealMadrid a mis hermanos y a mí. En principio, no me hizo mucho gracia lo de realizar trabajos de mantenimiento y tener que llevar todo el santo día un mono azul y las manos llenas de grasa, pero, al entrar allí, descubrí algo que nunca imaginé que pudiese ser factible. Mi labor era simultáneaa los entrenamientos de las grandes estrellas merengues, por lo que no era de extrañar que me cruzase y codease por allí con Beckham, Owen o Ronaldo en calzón corto y lo que no era calzón corto se paseaban por el vestuario como Pedro por su casa. Igual.

La verdad es que nunca me había planteado eso de mis tendencias sexuales, porque siempre había mostrado cierta dejadez, a diferencia de mis chicos de clase, hacía el sexo y sus placeres. Nunca me había fijado a mis 18 años en una tía, ni en sus tetas ni en su culo, y menos aún en un tío. Pero al llegar allí descubrí que mi vista se quedaba fija, en ocasiones cada vez más frecuentes, en los paquetes de marca de aquellos hombres, cuando se quedaban en paños menores. Más de una vez tuve que despertar de mi atontamiento a expensas de que me diesen un buen mamporro por mirar tanto y tan descaradamente a sitios que no me incumbían ni me debían interesar. Pero me interesaban.

De no querer llevar ese horrible mono azul y de maldecir por mil veces mis malos hábitos estudiantiles, pasé de golpe y porrazo a desear trabajar entre aquellas cuatro paredes. Allí descubrí el paraíso terrenal con tanto hombre suelto con su mandado al aire. Allí comencé a disfrutar lo que muchas chicas y chicos de todo el mundo pagarían por poder ver. Me consideraba un hombre afortunado y comencé a sacarle partido. Si tenía que arreglar una ducha, dejaba este trabajo para las 12:00 del mediodía cuando sabía que los chicos terminaban el entrenamiento matutino y se metían a ducharse. En ese justo momento, servidor se metía en la ducha averiada de turno a la vez que me deleitaba de aquella veintena de machotes despojándose de su ropa sudada mientras lucían palmito sin ningún tipo de pudor.

Aquello era como Sodoma y Gomorra de mis fantasías más sucias. Allí veía sin necesidad de soñar a Beckham en sus inglesitos slips blancos rascándose el paquete de la forma más zafia y jugando con el culito de Roberto Carlos de la forma más varonil y futbolística. Cuantos palmoteos de nalga se daban y cuantos bocinazos se propinaban los unos a los otros sin reparo ni mesura. Allí descubrí la faceta más homoerótica del sosito Raúl mientras frotaba la espalda de Iván Helguera y se dejaba frotar la suya. El dúo Owen Beckham iba más lejos y hasta llegaban a frotarse sus moldeados traseros. Una práctica a la que me fui acostumbrando y que en las madrugadas solitarias de mi habitación se trasformaban en placenteras prácticas onanistas que manchaban de blanco mis sueños más prohibidos.

No sé si es pura casualidad o producto del excesivo movimiento en el campo de juego, pero en las duchas aquellos hombretines solían lucir instrumentos de tomo y lomo. Pollas, hablando mal y pronto, de todo tipo y para todos los gustos. Desde el considerable mandoble sin operar de Guti a la polla fimosa de Ronaldo, pasando por los rabos discretos y poco destacables de los ingleses de moda David y Michael. Pero sin lugar a dudas si hubo un miembro que llamó más mi atención entre tanto huevos sueltos fue el del chico malo del fútbol inglés, Woodgate. Aquel tío era un portento del machotismo y la varonilidad. Si hubiese sido español, lo habrían definido como un macho muy ibérico ya que los huevos le colgaban como bellotas adornando una polla hermosa de tamaño y fisionomía. Con un pellejo venoso y agarrotado en su pubis, apenas se veía la punta de su rabo, pero se presentía una cabeza en condiciones, de esas que se ponen muy rojas con motivo de la excitación. Se notaba que era un miembro curtido en duras batallas y que lo hacían poseedor de un look donjuanesco y maduro muy apetecible.

Pues bien, Jonhatan se convirtió, sin comerlo ni beberlo, en el protagonista de aquella mañana. Tenía que entrar a arreglar la puerta de una taquilla. Ya era tarde, casi mediodía y se suponía que los futbolistas se habían marchado hace tiempo. En el vestuario un olor constante y generalizado a sudor y prenda sucia, que emanaba del bidón de la ropa para enviar a lavandería. Aquello era otras de mis fuentes de placer. Con cuidado y procurando que no me viese nadie, al destapar aquel artilugio receptor descubría los secretos mejor guardado de las estrellas de fútbol: su ropa interior. Las prendas que usaban solo y exclusivamente para los entrenamientos y que, al igual que su equipación, lucíansu correspondiente número de alineación. Allí estaban los calzoncillos, 23, blancos e impolutamente perfumados, a pesar del sudor, del británico de oro, o los estampados e infantiles de Ronaldo, sin olvidarme de los eróticos suspensorios del francés Zinedine Zidane, que sosteníanmás bien poco por delante y algo menos por detrás. En más de una ocasión dudé en si me llevaba algunos de aquellos tesoros a casa para ambientar mis noches de blanco satén, pero suponía que se iba a notar su ausencia cuando a la mañana siguiente el futbolista de turno buscase su muda para cambiarse.

Pues bien, aquella mañana de olores fuertes y sudorosos me disponía a arreglar la taquilla cuando los inconfundibles sonidos de unos gemidos me llegaron de las duchas. No. No era un sueño. Alguien estaba gimiendo y ni corto ni perezoso me dispuse ainvestigar quien era el autor de esos sones tan excitantes y que a cada paso que daba hacia la ducha se hacían más perceptibles. Con cuidado de no ser visto merodeé hasta dar con el objeto de mi curiosidad. En el fondo de la zona de duchas comunes, Jonhatan Woodgate se la cascaba mirando hacia la pared y contrayendo con cada gemido sus enjutos glúteos. Me tuve que pellizcar por un momento los brazos para comprender que aquello no era uno de mis fantasías nocturnas y sí una sorprendente realidad. Woodgate había preferido desmarcarse de sus compañeros y disfrutar de unos minutos de intimidad tras los castigos impuestos por el mister en cuanto a su indisciplina en el terreno de juego. Esa era la manera elegida para descargar adrenalina y tensiones acumuladas durante los minutos extras de entrenamiento. De espalda la visión era de lo más erótica. El movimiento acelerado de su brazo izquierdo no dejaba lugar a la duda y los espasmos que le provocaban la contracción de todo su enorme cuerpo, tampoco. Cuando menos lo esperaba, Jonh se volteó sobre sus pasos y depositando su espalda en las húmedas paredes del baño me regaló sin quererlo un primer plano de su miembro viril en pleno apogeo y apuntando en dirección a mi cara. En este momento no había pellejo que cubriese ni un solo milímetro de su pene, todo era un compacto de polla gruesa y ultra venosa que temía toda la pinta de comenzar en breve con el tiroteo. La zona púbica apenas lucía vello que ocultase ningún detalle y un tímido lunar despuntaba en la parte de la cadera que pierde su carácter de pública. Sus grandes manos se aferraban a su miembro como si le fuera la vida en ello y con la mirada perdida en el techo solar comenzó a disparar sin ton ni son un viscoso pero acuoso semen que se perdió entre el agua del suelo. Las contorsiones en este momento fueron más marcadas y continuadas, hasta que Woodgate dejó caer sus cercas de dos metros por el suelo. Fue tal la excitación del momento que resbalé con el agua y caí hacia delante, provocando el susto del hasta ese momento exhausto futbolista inglés.

- ¿Quién anda ahí? - Pronunció en un entendible castellano. Al verme y para mi sorpresa, se sabía mi nombre - Ah, eres tú, Luisito – continuó - Me habías asustado. Pasa, pasa... no te quedes ahí.

Parecía seguir protagonizando mi sueño y aprovechando esta oportunidad entré en la ducha con uno de mis ídolos que, para más inrri, me recibía en bolas y con la polla morcillona tras la corrida.

- Aquí estaba descargando tensiones después de un duro entrenamiento... No veas lo bien que me ha sentado... Por cierto – interrumpió - Tu deberías hacer lo mismo - y señalando mi paquete me percaté de que me había presentado medio empalmado - Ven aquí - casi susurró.

Yo le hice caso, no quería llevarle la contraría, y me acerqué hasta donde él estaba. Jonhatan me bajó la cremallera del mono azul y me ayudó a desprenderme de él hasta que este quedó suspendido en mis tobillos. La erección era cada vez mayor y mis slips azules no podían casi contenerla. Goodgate me bajó la ropa interior y mi juvenil e inocente polla quedó a descubierta y enhiesta. Tenía una erección como la de un caballo yJonh no le quitó la vista en ningún momento.

- Cáscatela que yo te vea - chapurreó en una mezcla de inglés y español.

De nuevo le hice caso omiso y comencé, en esta ocasión yo, a masturbar mi miembro ante la mirada atónita de aquel misterioso caballero de los ojos azules. Al verme en aquel estado su miembro se recuperó con cierta facilidad y woody decidió acompañarme en mi intento casi cuando mi verga comenzó a eyacular un chorreón de leche que salpicó sobre la zona de su ombligo y parte de su miembro viril que proseguía agitado por sus movimientos y que pronto también descargaron sobre mi torso con bastante vehemencia y unos gritos bastante potentes por parte del futbolista. Se había corrido por segunda vez en un breve periodo de tiempo y su polla parecía seguir con ganas de marcha.

- No se cansa - susurró, mientras me agarraba por el hombro y me arrodillaba en el suelo, poniendo su polla a la altura de mi boca. Era la primera vez que veía un miembro tan cerca y también la primera vez que me lo iba a meter dentro de mi boca. No sabía si quiera si aquello me iba a gustar, pero para seguir con la racha me lo tragué entero sin pensármelo y sin mirar. Cerré los ojosy me dediqué a degustar aquella pieza de artillería pesada a la vez que mi miembro volvía a resurgir de su letargo. A un ritmo acompasado meneaba mi polla y me tragaba aquel mandoble inglés que me estaba poniendo más que cachondo. Por tercera vez y sin decaer en sus embestidas, Jonh descargó sobre mi boca chorreando su líquido caliente por mis mejillas y barbilla. A la par, mi polla echó su flujo sobre los grandes pies de Woodgate que recibían con asombro y excitación los frutos de mi pasión.

Sin mediar ninguna palabra más. Jonathan me pellizcó la mejilla y salió de la ducha para vestirse. Yo aproveché que ya estaba allí para darme un baño de agua fría que aplacase el deseo que acaba de surgir en la ducha con Woodgate. A veces me pregunto si fue fantasía o realidad, pero prefiero no buscar una respuesta que me baje de la nube cada vez que contemplo su cuerpo en los vestuarios y soy cómplice de sus sonrisas y sus miradas.

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